«Racism Is Not a Historical Footnote», por Bill Russell

La lucha contra el racismo en Estados Unidos no comenzó hace unos pocos días. Es un proceso histórico por el que numerosas personalidades de distintos ámbitos de la sociedad lucharon incansablemente. La diferencia con la actualidad es que no siempre esta lucha estuvo en las primeras planas de los diarios ni en el prime-time de los canales de televisión. Hoy en día, la población en su conjunto alzó fuerte la voz y encontró plataformas en las que exponer públicamente años de violencia, discriminación e injusticias contra las personas negras.

Una de estas plataformas es la NBA. Los jugadores usaron su llegada para denunciar el racismo sufrido a diario y exigir por soluciones al respecto. Junto con ellos se expresaron también ex-jugadores, entrenadores e incluso propietarios de las franquicias, acoplándose al reclamo.

Bill Russell, ex-jugador histórico de la NBA (campeón 11 veces del anillo con Boston Celtics, 5 veces MVP y miembro del Salón de la Fama) escribió hoy este artículo para The Players’ Tribune (algo parecido hizo Kareem Abdul-Jabbar en LA Times hace unas semanas, luego del asesinato de George Floyd; aquí un hilo con las frases más destacadas). Les dejamos una traducción de su nota, en la que cuenta experiencias personales y reflexiona acerca de qué tan profundo se inserta el racismo en la sociedad estadounidense.

Íntegra traducción del artículo de Bill Russell

Una vez entrevisté a Lester Maddox en mi show de televisión. Era 1969 y él era conocido en esa época como un segregacionista sureño quien había sido dueño de un restaurante de pollos que se convirtió en político. Maddox y yo teníamos perspectivas diametralmente opuestas. Él se fue del negocio de los restaurantes luego de que se aprobara la Ley de Derechos Civiles de 1964 para no tener que servir a personas negras; mientras yo me negué a jugar en un juego de exhibición después de que un restaurante se negó a servirme a mí y a mis compañeros negros.

Maddox hizo un show sobre su negación a integrar a su restaurante. Agitó el mango de un hacha y armas contra protestantes pacíficos y argumentó, fuertemente, que ser forzado a servir a gente negra invadía su libertad. Cerró su restaurante en Atlanta, se postuló como gobernador de Georgia y ganó.

Entonces, ¿por qué le daría la plataforma a un individuo que defendía creencias tan racistas? Primero, parte de la libertad es permitirle a todos (incluso a las personas más detestables) hablar. Y segundo, hacer eso también expone cómo una persona puede llegar a tener semejantes posturas. Lester Maddox no era exactamente un gran intelectual, por lo que dudo que fuera capaz de cuestionar la cultura en la que había crecido por más que lo hubiera intentado. Pero tenerlo en mi show lo expuso por lo tonto que era y pudo haberle dado algunas cosas para pensar a otras personas acerca de la plausibilidad de la idea de “separados pero iguales”.

A pesar de que ya pasó mucho tiempo desde entonces, estoy impactado por lo similar que se siente al momento en el que estoy viviendo ahora. En 2020, las personas negras continúan luchando por justicia, los racistas continúan ocupando las mejores oficinas y nuestros niños continúan creciendo con normas culturales que no son lo suficientemente diferentes a aquellas con las que Lester Maddox creció.

Ahora, cuando digo que las personas negras continúan luchando por justicia 50 años después de haber entrevistado a un prominente segregacionista (un «viejo chico del campo” que se postuló a un puesto político apoyado en una plataforma de odio y ganó[1]), no quiero sonar sorprendido. No lo estoy. Las personas blancas están sorprendidas por eso. De hecho, encuentro que las personas blancas se suelen sorprender cuando descubren que la injusticia racial sigue existiendo aparte de algunas “manzanas podridas”. Esta sorpresa es particularmente peligrosa ya que la injusticia racial se extiende en todos los sectores de la sociedad estadounidense: desde la educación hasta la salud y los deportes. El hecho de que se mantenga como una sorpresa para varios revela qué tan diferentes son las experiencias de vida de las personas blancas y negras en Estados Unidos. 

Bettmann/Getty Images

Crecí en Monroe, Louisiana, en la década de los ‘30 y principios de los ‘40 en una familia que lograba reír a pesar del terror racial que nos rodeaba. Hubo una noche que el Ku Klux Klan vino por mi abuelo. Él sabía que venían, por lo que llevó a su familia a un lugar seguro y se sentó en su casa esperando a que lleguen. Nunca dijo nada acerca de qué se sintió esperar, sólo en la oscuridad, a hombres que intentaban asesinarlo; debió sentirse aterrador y enfurecedor en partes iguales. Cuando llegaron, alguien disparó, entonces mi abuelo buscó su escopeta para devolver el fuego. Él recargaba y seguía disparando hasta que los del Klan se fueron. La historia circuló en la comunidad: la rara ocasión en la que un hombre negro se enfrentaba a la injusticia sin sufrir represalias brutales. Todos reían cuando llegaban al punto de la historia en que el KKK huía corriendo. Ese era un momento de puro alivio, incluso cuando lo contaban, aunque todos sabíamos que podían regresar al día siguiente.

Una vez, mi papá se quedó sin combustible en el camión en el que trabajaba al final del día y tuvo que caminar hasta casa. Mientras caminaba en la carretera, unos hombres blancos en un auto se acercaron a él y le preguntaron: “Chico, ¿podés correr?”. Mi papá no dijo nada y siguió caminando. Uno de los hombres agitó un arma en el aire antes de repetirle la pregunta. Él empezó a correr. Una bala pasó zumbando. Se arrojó en una zanja de la carretera para protegerse y que no lo maten. Cuando pudo contar la historia, decía que le gritaba a las serpientes que se muevan, lo que siempre causaba una gran risa.

Sin embargo, había algunas historias de las que nadie podía reírse: historias de hombres negros que desaparecían. Así sucedían los linchamientos en esos días, en silencio, con una línea en el periódico como mucho. Las personas negras estaban muy asustadas como para preguntar públicamente qué les había pasado a aquellos que desaparecían, aunque especulaban mucho sobre eso en las casas.

Todo esto puede sonar como historia antigua, sin influencia hoy en día. Después de todo, estas son historias de mi temprana niñez, historias que ya tienen 80 años. Pero en términos de tiempo, 80 años es solamente una generación o dos. Los niños negros hoy no crecen preocupados de que el Ku Klux Klan los mate en medio de la noche: les preocupa que la policía lo haga. Los efectos del terror racial perpetrado durante cientos de años no desaparecen simplemente porque Estados Unidos así lo quiera. Aún así, no todo es desesperanzador. Hay formas para hacerlos desaparecer. Ellos desaparecen con un reconocimiento nacional, con un análisis de nuestras normas culturales y nuestras estructuras de poder, con el desmantelamiento y reconstrucción de nuestras instituciones y con el fin de la supresión a los votantes, para que todos puedan votar por el cambio, desde el primero hasta el último del padrón. En 1969, las personas negras luchaban contra las injusticias sociales que no son menos penetrantes hoy en día: sólo cambió la forma en la que se presentan. Son fáciles de ver si se observa, particularmente en política.

Cuando se le preguntó acerca de la integración en un artículo publicado en Esquire en octubre de 1967, Maddox dijo con una tonada sureña: “Cuando el gobierno obliga a mis clientes a sentarse junto a Negroes me enojo. No nos llevamos bien con eso aquí. Soy un hombre pacífico y siempre traté a mis empleados de color con respeto y un salario decente. Pero no voy a vivir junto a ellos, no señor”[2]. En otras palabras, Maddox no tenía nada contra las personas negras, siempre y cuando ellas sirvieran a los blancos y se mantuvieran en sus vecindarios. Este sentimiento sobrevive, y bien, hoy en día. En julio de 2020, por ejemplo, Donald Trump, un hombre de negocios de Nueva York devenido en político, tuiteó sobre terminar un programa del gobierno hecho para combatir la segregación racial in viviendas suburbanas: “Estoy feliz de informarles a todas las personas viviendo su Suburban Lifestyle Dream que no serán molestados o heridos financieramente al tener viviendas de bajo presupuesto en su vecindario…”. Por supuesto, cuando se refería a “viviendas de bajo presupuesto” que se construirían en “su vecindario” se refería a “personas negras” mudándose a los suburbios, de mayoría blanca debido al redlining y disparidades económicas. A pesar de que los separan 53 años, la única diferencia sustancial entre las declaraciones de ambos hombres es su acento.

Tony Tomsic/Getty Images

El verdadero cambio lleva tiempo, mucho tiempo. Esto es enfurecedor pero no sorpresivo, considerado en términos de bases. Estados Unidos es un país de contradicciones desde su fundación. Por un lado, está la idea de lo que EEUU se supone que es; por el otro, lo que verdaderamente es. Estados Unidos dice ser el país de los libres, pero fue fundado en genocidio indígena y construido sobre esclavitud. Como resultado de este discordante origen, Estados Unidos es un país que está en desacuerdo con su pasado.

Mientras gran parte de los estadounidenses consideren la esclavitud, Jim Crow y el racismo como notas al pie de la historia (errores corregidos hace ya tiempo), no hay forma de superar el racismo. 53 años no servirán, y tampoco 153. Es como disculparse por algo sin saber por lo que te estás disculpando: ninguna lección se aprende de eso. Si Estados Unidos no reconoce su pasado, las divisiones solo empeorarán.

Lo divertido acerca del pasado, sin embargo, es que nunca se va del todo. En ciertas maneras, mi vida entera se construyó en las bases hechas por mis padres. Esto no es único para mí. Para mejor o para peor, tu vida también fue construida sobre ciertas bases, cualesquiera que sean. Estados Unidos no es diferente. Sus pilares son evidentes, si tan solo mirásemos. 

Ellas empapan todo, desde quienes homenajeamos en monumentos y estatuas, hasta la historias que enseñamos en los salones, las mascotas que elegimos para nuestros equipos. Recientemente, estatuas de la Confederación fueron derribadas, algunas intencionalmente y otras por la fuerza. Recuerdo cuando un monumento honrando a soldados de la Confederación fue construido en 1963 en Boston, aunque no estuviésemos en el sur, aunque conmemoraba a personas que lucharon por la esclavitud y aunque se cumplían 100 años desde que Lincoln declaraba la Proclamación de Emancipación. Ese monumento fue construido como respuesta a la disgregación. Fue construido por las “Hijas de la Confederación”, lejos del Sur, como un recordatorio del Gran Viejo Sur. Era nostálgico de una época en que las personas negras eran esclavizadas, cuando había orgullo en la lucha contra la libertad, y permanece como un claro ejemplo de que los latidos del pasado golpean aún en el presente.

Sam Maller/The Players’ Tribune

En ningún lugar se ve esto tanto como en la educación. La educación es una de las herramientas más poderosas que tenemos contra el racismo, porque es fundamental en la formación de las ideas de toda una generación. Los niños aprenden el ABC, pero también aprenden sobre la historia de Estados Unidos y su cultura. Cuando era niño, me encontré con una línea en un libro de historia que aún abrasa mi alma. Decía que los esclavos estaban mejor viviendo como esclavos que siendo libres en África. Me enfureció aún siendo un niño. La vida sin libertad no es vida en absoluto.

Los niños difícilmente se encuentren con un pasaje tan explícitamente racista hoy en día, pero experimentan formas más sutiles de racismo tales como lecciones de Black History, que se enseñan como adyacentes a American History y no como una parte integral de ella. Para erradicar el racismo, debemos darle a nuestros niños una educación que incluya toda la historia estadounidense y que analice cómo esa historia sigue moldeando nuestras instituciones, nuestras creencias y nuestra cultura.

Los íconos que elegimos para nuestras mascotas también dicen mucho acerca de la cultura estadounidense. Una de las mascotas más ubicuas es el indio americano, representado usualmente como una caricatura racista y a veces acompañado por un término racial. Este año, Washington Redskins finalmente decidió cambiar su nombre luego de años negándose a hacerlo a pesar de los repetidos pedidos por parte de personas indígenas y grupos dedicados a la justicia social. No debería requerir presión social reconocer que un término racial no es aceptable para el nombre de un equipo. Le enseñamos a nuestros niños que los insultos racistas no están bien porque es irrespetuoso e hiriente. Los nombres de los equipos y las mascotas no son la excepción, y el hecho de que tantos nombres y mascotas racistas continúen existiendo es indicador de qué tan profundamente insertado está el racismo en la cultura estadounidense.

El racismo en Estados Unidos no afecta simplemente a las personas negras. Se filtra en las instituciones, en los shows, en la música, en las noticias, en los deportes y en las mentes. No podemos cambiar los fundamentos de EEUU, pero sí podemos tomarlos en cuenta. O podemos continuar (como hicimos durante cientos de años) diciendo ser la tierra de los libres, cuando es claro que sólo aplica a las personas blancas.

Estados Unidos no es la tierra de los libres cuando las personas negras temen ser asesinadas mientras duermen como Breonna Taylor. Estados Unidos no es la tierra de los libres cuando las personas negras temen que un oficial de policía se arrodille sobre su cuello por ocho minutos y cuarenta y seis segundos como hicieron con George Floyd, a quien ahogaron hasta matarlo. Estados Unidos no es la tierra de los libres cuando los niños negros no pueden jugar con una pistola de juguete sin miedo a ser asesinados como Tamir Rice. Estados Unidos no es la tierra de los libres cuando las personas negras temen ser cazadas y asesinadas durante un paseo como Ahmaud Arbery. Estados Unidos no es la tierra de los libres cuando las personas negras temen ser disparadas por la espalda frente a sus hijos como Jacob Blake. Estados Unidos no es la tierra de los libres cuando los asesinos de las personas negras siempre salen libres.

Sin justicia para todos, ninguno de nosotros es libre.

[1] Curiosamente, Maddox no ganó por mayoría, pero fue declarado gobernador por la legislación del estado luego de otra votación. Ganó la votación legislativa 182 a 66.
[2] La cita original fue escrita fonéticamente y estandarizada aquí.

*La imagen principal pertenece a The Players’ Tribune

Manuel Giles

Fundamentalista de Lou Williams.

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