Múltiplos de Cinco

Por diez minutos fuimos felices. A ver, cómo les explico. Digamos que estos golden boys desafiaron al arte, tantas veces su principal aliado. ¿Saben un poco de cuentos? Seguro en la primaria algo de eso estudiaron. Por las dudas repasemos. A grandes rasgos tenemos el género realista, cuyas narraciones se centran en hechos verosímiles; el maravilloso, antítesis de nuestras cotidianidades; y el fantástico, elemento de estudio en la jornada que nos atañe. Esta categoría es como el bronce, aleación de cobre y estaño. Bueno, la cagué, vamos con una más fácil: como la mezcla de la chocotorta, un poquito de dulce de leche y un poquito de queso blanco. A un comienzo realista lo sucede un hecho inverosímil que hace que todo se vaya al carajo. Pero ellos lo invirtieron: cuando el reloj marcó diez minutos de partido, el entrenador dueño de la vida realizó un cambio: afuera la utopía, adentro la distopía.

Perdón, quería ser corto y me fui por el peciolo de una hoja perdida del árbol que juntos estamos imaginando. De nuevo. El caso es que estos muchachos, comúnmente conocidos como la Generación Dorada, son tan caraduras que por un rato nos hicieron creer que el Sr. Básquet -con mi perdón a James Naismith- no revisaba los documentos en la entrada del estadio. Que las cuatro décadas per cápita no eran argumento suficiente para sentenciar años de gloria. Era raro: 19-9, 21-16. Todo cuadraba y nosotros nos ilusionábamos. El gigante Estados Unidos, victimario de nuestros representantes en épocas contemporáneas, no podía resolver nuestras férreas defensas ni zanjar nuestros veloces contraataques. Definitivamente esos diez minutos, aunque sobre la hora nos hayan remontado, fui feliz. Bah, fuimos felices.

Después, la típica, la que veíamos venir de antemano. El fuera de serie de Kevin Durant se prendió y metió 27 puntos con un admirable 7/9 en triples. Fue bien acompañado por Paul George y DeMarcus Cousins y ese sueño velozmente se convirtió en nuestra peor pesadilla. A ver, la posta es que si jugábamos cien partidos nos ganaban ciento uno, pero el gran nivel y el sacrificio, bendito justificante de todas nuestras penurias deportivas, nos hicieron soñar, aunque sea diez minutos. Fue una sensación rara. La tristeza por la eliminación se apareaba con la devorada esperanza y la emoción de haber presenciado la última gran función de estos muchachos.

Pero algo faltaba… Eso, el número 5. Ya no es más cinco, ahora es 5. Y, si a mi teclado le arrancaran los dos grupos numerales, me atrevería a escribir Cinco, no cinco. Las cámaras se quedaban solo con él. El respeto y admiración de los gringos no me sorprendió en lo más mínimo, no solo era probada su calidad y eran colegas-anfitriones suyos diariamente, sino también sabíamos todos que estaba pintando sus últimos dibujos. Abrazo y charla con sus compañeros y a posteriori un destino infinito.

Maravillosamente apareció equipado. La coyuntura de miles de argentinos (y también no argentinos) cantando fue por un instante el segundo plano. Mi televisión se detuvo. No, no, estoy seguro de que no era un video de YouTube, era televisión. No recuerdo si Fox Sports, ESPN o TyC Sports, porque todos pasan los Juegos, pero era la tele. Sí, confirmado, se detuvo. Esa imagen la tengo muy patente. El director interno de la orquesta volvía a hacer arte. ¿No parece vestido para la ocasión? Pienso en un político con un pelpa en un acto, en un ladrón con una infalible coartada. Incluso en el perro que te trae correa, bolsa, llave y hasta campera de lo que se está cagando.

Creo que mis ejemplos no son los mejores, pero seguro al ver esa foto sienten lo mismo que yo, se sumergen en Río y contemplan un instante sus elementos. Esa extensa toalla, casaca en mano y la pelota, razonable obsequio de la organización. La mano arriba se contrapone a otras palmas arriba que marcaron la historia. Me gusta que esa foto eterna no muestra al receptor de la mano, sino que amplía infinitamente nuestras conjeturas. Quizás no iba dirigida exclusivamente a los fanáticos que se acercaron a Brasil para bancar a la Selección Argentina en esta brava parada de cuartos de final. Yo elijo creer que era para mí. Tampoco voy a ser egoísta, para mí y para todo aquel que en algún momento de su vida se haya sentido identificado con este grupo. Es más, me voy a dar el tupé de fanfarronear que me saludó el 5.

Finiquitado en mi cabeza este breve fluir de la conciencia, una pregunta me carcome el cerebro. No me juzgues, estoy casi seguro de que vos podrías dormir con esta “banal” duda, pero a mí me hace pararme y buscar todos los ángulos del Arena Carioca 1. De un lado parece más, del otro menos, no puedo establecer con total certeza cuántos metros recorrió hasta precipitarse en el túnel del perpetuo recuerdo. A punto de acostarme violentamente vencido, una voz interna me apacigua: “¿qué te importa la distancia, hermano, si a vos te saludó Emanuel Ginóbili? Y, ante la duda, tirá la respuesta fácil: un múltiplo de Cinco”.

Para volver a emocionarse: las highlights del partido que se terminó llevando Estados Unidos por 105-78 (pulsar en el nombre del video, no permite reproducirlo aquí)

*La foto principal es de FIBA. Relato inspirado en lo que sentí durante ese ratito de plenitud. En este video, lo mejor de Manu durante esa jornada.

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