Maodo Lô, el guía teutón

En el sur de Dakar, la capital senegalesa, donde converge la avenida Presidente Lamine Gueye con la calle Amadou Assane Ndoye, hay una pequeña mezquita de paredes gris ceniza con una cúpula central por la que penetra la luz del Sol. Para ingresar, hay que atravesar un portón verde, justo después de dejar el calzado en los escalones que lo preceden.

El-Hadji Malick Sy le da nombre a la mezquita, un líder religioso sufí de fines del Siglo XIX y principios del XX que estableció en Tivaouane, a noventa kilómetros de Dakar, una zagüía donde profesaba el islam. También fue poeta y escribió sobre la vida de Mahoma. Maodo, “el guía”, lo bautizaron sus seguidores, aquellos que lo escoltan en su único registro fotográfico: unos harapos blancos tapan su piel hasta la pantorrilla. Sólo su cara, su blanca barba y sus tobillos están descubiertos.


Es sábado 3 de julio en la ciudad costera de Split, en Croacia. En el Spaladium Arena, a sólo metros del mar, el seleccionado local gana 68 a 58 y faltan ocho minutos y medio para que la bocina consolide al segundo finalista del preolímpico. Maodo Lô toma la naranja. Antonio Jordano y Zeljko Sakic lo doblan, pero él halla el espacio para cederle la pelota a Johannes Voigtmann para que entre sin oposición en la pintura y la vuelque con contundencia. Segundos después, la jugada es distinta, pero los protagonistas son los mismos: Lô penetra y encuentra abierto al pivot, que encesta un triple abierto.

La brecha se achica lentamente hasta que cinco minutos después de la máxima ventaja los equipos coinciden en 76. La paridad la rompe Lô, esta vez sin ayuda de Voigtmann, con una bandeja incómoda. Croacia no volverá a sumar puntos; Alemania acumulará otros ocho. Maodo Lô acaba con 29 unidades y 8 asistencias. El guía para la clasificación teutona hacia la final donde vencerá a Brasil para regresar a los Juegos Olímpicos tras dos ediciones de ausencia.

Nacido y criado en Berlín, Lô se mudó a Estados Unidos a sus 19 años para jugar en la Universidad de Columbia, con la que nunca logró ascender a la máxima categoría del básquetbol universitario. Luego de cuatro años -y los últimos dos, especialmente interesantes- se declaró elegible para el draft de la NBA de 2016. La liga no demostró mucho interés.

Emprendió, entonces, el viaje de vuelta a Alemania. ¿Su destino? Brose Bamberg, en la primera división de su país de origen, con el que salió campeón en su campaña inaugural. Sin el mismo éxito en su segunda temporada, Bayern Munich lo fichó y repitió el título.

Al año siguiente, partió a Alba Berlín, en su ciudad natal, donde coincidió con el uruguayo Jayson Granger y con quien levantó el trofeo de liga frente a sus ex compañeros.

Sus años en Estados Unidos se evidencian en su estilo de juego: tirador efectivo para el básquet FIBA y habilidoso. Mide 1,91 metros y es flaco, quizás más de lo que debería. Compensa con lo virtuoso de sus manos, tanto como su madre, Elvira Bach, pintora y escultora. “Él es un artista desde otra perspectiva”, asegura.

Razón de sus vergüenzas cuando niño por sus excéntricas formas, alguna vez lo pintó sobre los lienzos, mas no con una camiseta de básquet o con la naranja en sus manos, sino de bebé. Hace tiempo ya no reniega de su madre.

Sí un tanto de su nombre, pero no por una cuestión estética, sino por pudor: también puede traducirse como “El Grande”. Se lo puso su padre, Alioune, un trabajador de la tierra del centro de Senegal.

*Crédito foto de portada: FIBA.

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